Si lo piensas, es maravilloso y causa de asombro el hecho de tener amigos a miles de kilómetros. Amigos que hacen su vida rutinaria bajo la luz del sol, mientras tú descansas de un ajetreado día. Amigos que piensan en ti cuando tú estás pensando en otras cosas, y en los que piensas cuando ellos momentáneamente no te recuerdan. Una cadena de pensamientos que no se detiene, ellos que te piensan o piensan en otros amigos, luego tú o amigos suyos que los piensan y los recuerdan.
Quizá haya un amigo que está triste en este momento porque necesita a alguien que sepa y quiera escucharlo, en el mismo momento en que recuerdas con alegría lo que han pasado juntos. La alegría y la tristeza, en el mismo tiempo, pero en distintos espacios y pensamientos.
Pero, a fin de cuentas, sus vidas transcurren mayormente sin ti, sin tus palabras y sin tu presencia. ¿Qué es lo que marca y define, entonces, esa amistad? Creo yo que el hecho de que al volver a verlos, todo continúa donde quedó la última vez, como si esa pausa de meses o años, que en muchos casos diluye la amistad, ahora fuera abandonada en pos de un nuevo reconocimiento. Como si esa pausa no hubiera existido.
Cuando encuentras amigos que realmente sientes cercanos a tu corazón, a tus ideas e ideales, es difícil luego subsistir y saciarse con amistades corrientes y vulgares. Es difícil abrir tu corazón a personas que apenas te comprenden, cuando sabes que un poco más allá, en este mundo cada vez más pequeño, están aquellos que saben leer en ese corazón sin necesidad de improvisadas aperturas. Es difícil estar explicándote continuamente, porque eso significa que, en el fondo, no hay entendimiento. Cuando conoces lo verdaderamente bello, lo que no lo es tanto lo es aún menos.
Esa esquiva felicidad de poder compartir quien eres abiertamente, sin máscaras, de poder ser, no es fácil de hallar. Si bien la soledad te permite ser tú mismo, eso no tiene mucho mérito (aunque, muchas veces, nos da esa felicidad de ser). Cuando ya no puedes compartir quien eres, o cuando el otro no logra entender quien eres, en fin, cuando algo se ha perdido, ya no es lo mismo.
La soledad ayuda en esos momentos, a llenarse de uno mismo para no perderse en los otros, a ser un individuo entre tanta glorificada masa. Y luego, a seguir caminando, sin buscar aquellos momentos maravillosos que aparecen por su cuenta, sin buscar pero encontrando.
0 comentarios:
Publicar un comentario