Un paño, rojo, no por mi sangre, no por mis lágrimas. Un paño teñido, y nada más. Pero es suave, y me llama. Me dice que descanse, que ya no desee, que ya no anhele. Que acepte.
No quiero. Me resisto. Me niego. Intento ponerme firme, decirle que no, que no mienta, que no me tiente. Pero, en el fondo, su llamado resuena. Su voz calma. Su promesa parece más real que cualquier sueño y anhelo.
¿Será todo más fácil así? ¿Será más simple, más pacífico, renunciar, y dejar todo en manos del fin? Una vida de espera, y terminar diciendo: "ya no esperes, ya no sueñes. Déjalo ya. Déjalo".
¿Por qué es tu voz tan suave, tan calma, tan cálida? ¿Por qué tu llamado es más abrigado que lo que día a día vivo? ¿Qué quieres de mí?
martes, marzo 03, 2026
domingo, marzo 01, 2026
Pajaritos y el fin del universo
Los pajaritos pasan por el lavadero que está al lado de mi habitación, la única puerta al aire que tengo, que tenga un poco (no total) privacidad. A veces se detienen en el piso buscando alguna miga, o solo porque terminaron ahí, sin buscarlo. Ellos viven así, simple, y luego mueren. Algunos de manera trágica, otros quizá de viejitos. Mientras tanto, se cruzan con decenas, quizá cientos de personas diferentes. Y para ninguna de esas personas ese gorrión o pajarito de otra marca es significativo más allá de una apreciación temporal si lo ven y lo miran.
Descubrí, hace no mucho, que soy como esos pajaritos. Pero la diferencia está en que una persona difícilmente pueda reconocer o comunicarse con ese gorrión, a no ser que tenga una marca notable en el cuerpo, las plumas, las patas, algo. Sería difícil buscarlo. Pero a una persona no, teniendo tantos medios de acceder, o incluso buscando en internet, aunque tampoco dejé muchos rastros allí, por privacidad. Y soy un gorrioncito más, algo que alguna vez miraron y luego pasaron los años y quizá aparece en un pensamiento fugaz. La diferencia es que no soy un pajarito, y aparentemente tengo más sentimientos que ellos. Que los pajaritos, digo, no que las personas para las cuales fui solo un momento; largo o corto, no importa. Un momento.
Ellos al menos vuelan, aunque... también vuelo, supongo. Al viajar, al imaginar, al leer. Mi mente no permanece solo aquí, y mi cuerpo tampoco, como viajero que me considero.
Ahora que lo pienso, esas migas que ellos buscan en mi lavadero, también son como lo que a veces busco o busqué. Unas migas, que algunas veces eran un pan entero, pero otras eran incluso migas rancias, que hacían doler. Y no la panza.
Las cosas que uno piensa un domingo por la mañana, escuchando música, sin salir al sol, refugiado en la propia ermita. Sin embargo, no estoy triste. Quizá porque ya es un estado crónico lo que siento, y la tristeza se siente diferente, pero únicamente cuando es fuerte, inevitable, dolorosa.