He visto muchos tipos de agua, en pequeño y en grande. Masas de agua, como el mar, o como un río. O más pequeño, como una laguna, un lago, una cascada. He visto las aguas claras en algunos lugares del mundo, y, en otros, las aguas turbias, marrones, oscuras, negras.
Nada de eso me ha cambiado.
La primera vez que vi el mar fue del otro lado de la cordillera, en Chile, en un viaje a Valparaíso. En ese mismo viaje conocí a Mónica, allá por 2007, ¡casi veinte años! Y el último mar que visité fue hace unos pocos meses, en Honshu (Japón); allí no conocí a nadie, lo cual, eventualmente, se convirtió en una de las razones de darle un poquito de vida a este blog que nació en 2005.
¿Cuántos mares diferentes en 2026? El mar tranquilo de Japón, al menos en las partes donde lo vi, y luego el mar tumultuoso de Galicia. Pero vivo en una llanura, rodeado de pequeñas lagunas, contaminadas varias de ellas, y del mar solo tengo visitas y recuerdos.
Si cierro los ojos, recuerdo un momento de angustia muy fuerte frente a ese mar. Un momento que no dolía, pero que hace tiempo no aparecía ante mí. Pero, por fuera, nadie sabía de esto. Mi máscara se mantuvo, y cuando pensé en abrirla, me di cuenta de que no serviría. Ni siquiera estar rodeado de muchas personas y aun así aislado, sino rodeado de muy pocas, que me han hecho llegar a pensar que aislarme termina siendo una forma de protección necesaria.
Para qué abrir el corazón a gente que piensa o siente que le estás mostrando una receta de comida. Para qué sufrir por la falta de comprensión real, que añadiría carga, peso y dolor al sufrimiento ya crónico. Bah, más que nada tristeza.
Aún no sé nadar. Ni en el agua, ni en el mundo. Probablemente nunca aprenda. Pero el agua que me rodea es turbia, y me impide ser mi mejor versión. ¿Excusa?, no lo sé ya, solo aprendí que aquí, y con estos, no puedo realmente ser.