¿Si nadie mira, quien ve?
Si vos pasás, y me mirás... y no te atrevés a decir nada, ¿qué sentido tiene mi vida?
Sabemos, ambos, que nos queremos. Pero sabemos, ambos, que el quererse no es suficiente.
Mi capacidad de amar está anulada, y no hay culpables. O puede ser que sí, que el culpable sea el corazón que decidió marcharse.
Sigo esperando que te atrevas, que por un momento renuncies a tu orgullo, que te rebajes a hacerte cargo de nuestra existencia... y nada sucede.
¿Qué esperas de mí? ¿qué me vaya? sabés que ya me he ido, que esto que ves es sólo un cascarón vacía, un pedazo de carne sin alma.
De nada sirve que intente ignorar esta situación, tu presencia lo impide. Tu presencia, esa que lastima mis ojos con tanta belleza, y hace sangrar mi corazón con tanta indiferencia.
Creí conocerte, hace tiempo. Conocerte... ¿o sólo conocí tu parte más tierna, tu parte más excelsa?, puede que haya sido eso, que todo este tiempo me haya negado a ver la realidad de tu impostura.
Aunque confieso que también decidí engañarte. Que pensé que huirías si me conocías con estos malditos defectos que no me dejan ser... estos defectos que se llaman yo.
Fueron tiempos maravillosos, dorados, felices, de adolescencia ingenua, ¿no creés?
¡Pero escuchame, mirame, sentime, prestame un poco de atención! ¿o te creés que un cascarón no sufre? Dejá de negarme tu mirada, que ya no doy más.
¿Te vas decís?, andate entonces... total, que otra cosa se podía esperar de esto. ¡Andate!, y dale mis saludos a ella.
¿A quién, decís? A ella, a esa que fuiste, o que yo creí que eras. A esa que me amó.