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lunes, noviembre 16, 2009

La vaca que no era voladora

Al intentar salir, no fue capaz de abrir la puerta, tal era la fuerza del viento que soplaba fuera. Sintió la imperiosa necesidad de salir, las ganas de orinar eran terriblemente insistentes, y su vejiga ya tenía el tamaño de una pelota número cinco no demasiado inflada. Intentó varias veces, varios intentos con buena intención, pero al final debió darse por vencido, nada podía hacer contra la fuerza de los elementos. Resignado, se dirigió a un rincón, y luego de descargar sus líquidos, sus angustias y sus orines, se sintió mucho mejor.

Tomó un libro, pero el ulular del viento le impedía concentrarse, así que se acercó a la ventana a ver la tormenta; una tormenta seca, de puro viento, que cada vez se ponía peor. En lo alto, distinguió una forma que se acercaba dando tumbos en el aire, una forma bicolor, de blancos y negros, de camuflado estilo. Era una vaca, una gran vaca lechera (logró distinguir las ubres cargadas, siempre había tenido buena vista).
La vaca intentaba sujetarse a cuanta antena veía en su camino, estirando sus patas e intentando trabarlas en algo que detuviera su vuelo. Finalmente, tuvo la suerte de chocar con la antena de una emisora de radio, y quedó flameando al viento, mientras mugía desesperadamente o con resignación, no se oía bien a causa del ulular del viento, que sonaba más o menos así: uuuhhhh, ululuuuu, uuuhhhhluuuu.

Más y más cosas pasaban volando: un chancho, dos canarios, cuatro sillas Luis XIV, un reloj de pared detenido a las cuatro y veinte, catorce latas de picadillo, un par de salamines, un pañal usado color marrón (o blanco, pero parecía marrón), dos carmelitas descalzas, cuatro pares de zapatillas naik, un brasilero en calzoncillos, y un gato de Schrödinger, o dos, o ninguno.

Viendo pasar tantas y tan peligrosas cosas cerca de su improvisado refugio, la vaca miraba con desorbitados ojos (en una clara infracción a las leyes de Kepler), mientras rezaba a sus divinidades y contemplaba la posibilidad de comenzar a bajar por la antena a tierra firme. En cuanto intentaba hacerlo, algo pasaba bajo sus patas, atemorizándola demasiado como para volver a intentarlo, pero su memoria era frágil y volvía a intentar. Luego de cada intento, volvía a subir intentando volver sin darse vuelta.

De repente, a lo lejos, se escuchó una melodía: la marcha turca de Mozart. La marcha turca, acompañada por un grupo de vientos, o un viento con múltiples personalidades. Ya más cerca, fue posible apreciar que la música salía del interior de la caja de resonancia de un piano de cola. A la caja le faltaba la tapa y el fondo, haciendo que el viento pasara entre las cuerdas y surgieran desafinados sonidos ululares.

La vaca era vaca, pero no era tonta, se lo vió venir. Miró para ambos costados intentando encontrar una escapatoria, porque el piano se dirigía derecho hacia su posición en la antena. Intentó subir un poco, y el piano comenzó a ascender una octava, luego quiso descender y el piano siguió sus movimientos. Parecía que había una relación magnética vaca-piano, o gravitatoria, fuera cual fuera la interacción a la vaca no le interesaba demasiado, sólo pensaba en salvar su pellejo, preferiblemente junto al resto de su ser vacuno.
Viendo cercano su final, la vaca se persignó, se encomendó a Rohinî y le prendió una vela al gauchito gil, aceptando con estoicismo su destino.

El piano llegó en cámara lenta hasta la antena, chocó contra la vaca, rompiose al chocar con la antena que sostenía al animal, desintegrose. Las cuerdas, que unos minutos antes eran el instrumento favorito del viento, filetearon a la vaca en certeros cortes, cortes que son enseñados en cualquier academia de carniceros, y los filetes fueron desprendièndose de la antena siguiendo el camino del ululante viento. Uhhhh, uuuuuh.

Todo esto lo contempló el observador desde su ventana, con creciente asombro, y creciente apetito a medida que se desarrollaba la escena. Sintió que alguien le tocaba el hombro, al darse vuelta vió que era su tigre. Chancho, que así se llamaba el tigre, le hizo entrega de una nota formal de pedido por la cual le solicitaba amablemente que le permitiera salir a nadar en el viento e intentar cazar alguno de los filetes, despidiéndose muy atentamente su seguro servidor. No otorgó el permiso, ya que amaba mucho a su tigre (en el buen sentido de la palabra amar, que no hay que ser malpensados). El tigre lo miró con cara de tigre y se fue a seguir durmiendo en el sillón.

lunes, septiembre 07, 2009

Los pequeños placeres de Don Pascual

Don Pascual recorría cada mañana los cajones de su biblioteca, intentando redescubrir en alguno de sus antiguos libros una historia de amor, un recuerdo perdido, una valija o la receta del almuerzo.
Al encontrar a alguna de sus esposas perdidas entre los volúmenes de la literatura universal y de más allá, no podía evitar asombrarse y dar un respingo ya ensayado en otras oportunidades. El respingo era una de sus actividades predilectas, y era todo un experto en ello, una de las secuelas de sus ataques epilépticos infantiles.

La biblioteca de Don Pascual era bastante grande: veinticinco metros de largo, cuatro de alto, cuarenta centímetros de ancho y doscientos veinticinco años. Solía ser de trescientos diecinueve años, pero un lechero se había llevado el libro más antiguo junto con su penúltima esposa, lo cual fue un alivio. Que se llevara la esposa, no el libro.

Una mañana de octubre, más precisamente el quince de octubre de mil novecientos setenta y ocho, Don Pascual tuvo la brillante idea de recorrer por completo la biblioteca, e ir metiendo a sus esposas en el cajón de su escritorio personal. Pensaba que así podría respingarse a gusto cada vez que quisiera, y al pensarlo dio un respingo de gusto. Luego dio otro más, pero de puro vicio.

Comenzó buscando en la parte superior izquierda de la biblioteca, donde encontró a su esposa Ana, que era alegre, afable y acendosa pero un poco bruta. Luego su esposa Berenice, que era buena, bondadosa y bizca. Cecilia, tan cabizbaja como siempre, pero contenta de cambiar de cajón. Diana, dulce y dicharachera, que no quería dejar de decir diptongos. Herodota, fría como el hielo y errante como ella sola, pero también un poco bruta (aunque por herencia). Laura, que si bien estaba, luchó para llevarse unos libros con ella, y quería escaparse de subida.
Así con todas las demás, algunas dieron más problemas que otras, pero finalmente todas quedaron alojadas en el cajón de su escritorio.

Concluida la tarea, el veintidós de octubre de mil novecientos setenta y ocho, Don Pascual decidió poner a prueba su idea, y abrió el cajón, pero tanta fue la mala suerte que salió Marcela con martillo y machete, diciendo muchas cosas malas mientras le daba un mamporro y un martillazo en el dedo meñique de la mano izquierda.

Fue tal el susto de Don Pascual, que en lugar de un respingo dio un salto mortal de tres vueltas con caída perfecta, y los jueces le dieron un nueve, un ocho, otro nueve, y un siete.

Don Pascual aprendió la lección, dio examen, y sacó de su biblioteca el tomo primero de “Las aventuras de Don Pedro y como logró vencer a los dragones del abismo mientras calentaba agua para el mate y se rascaba la entrepierna”, libro que comenzó a leer con ávido interés compuesto.

miércoles, marzo 26, 2008

Una historia de amor, de las de antes

Y entonces es que se nos viene al marote el nombre de un obrero metalúrgico anarquista, Silvio Astolfi, que allá por el 30 fue, sin miedos y sin nervios, a hacerle un favor, de esos que hacen los amigos de verdad, a Severino Di Giovanni, el hombre más buscado por la policía argentina.
Resulta que Severino, mientras se encargaba de poner unos bombazos del demonio a cuanto explotador y represor se le cruzaba por el camino, se había enamorado de la hermosa América, quinceañera y ácrata, para más datos. Pero los viejos de la nena, horrorizados por el noviecito intranquilo y prófugo que se había buscado, decidieron prohibirle los encuentros.
Severino le pidió al amigazo de Silvio que fingiera enamorarla, le ofreciera casorio y por ende, la rescatara de aquel hogar conservador emancipándola.
Silvio hizo los deberes, de amigo. O de onda, dirían hoy mis amigos. Se la llevó de luna de miel, la subió en un tren que iba a Mar de Ajó y, cuando todos pensaban que la historia continuaría en el balneario como en las películas, América y el esposo-amigo se bajaron en la estación de Carlos Casares.
Allí esperaba, clandestino, Severino Di Giovanni, con un ramo de doscientas rosas. “Tomá, amigo, tu esposa”, dijo Silvio, los dejó solos y se fue con los buenos vientos.


(Historia encontrada en este blog. Pero creo que aparece en un libro que no recuerdo ahora, y quizá no recuerde nunca)

lunes, diciembre 17, 2007

They're made out of meat

"They're made out of meat."
"Meat?"
"Meat. They're made out of meat."
"Meat?"
"There's no doubt about it. We picked up several from different parts of the planet, took them aboard our recon vessels, and probed them all the way through. They're completely meat."
"That's impossible. What about the radio signals? The messages to the stars?"
"They use the radio waves to talk, but the signals don't come from them. The signals come from machines."
"So who made the machines? That's who we want to contact."
"They made the machines. That's what I'm trying to tell you. Meat made the machines."
"That's ridiculous. How can meat make a machine? You're asking me to believe in sentient meat."
"I'm not asking you, I'm telling you. These creatures are the only sentient race in that sector and they're made out of meat."
"Maybe they're like the orfolei. You know, a carbon-based intelligence that goes through a meat stage."
"Nope. They're born meat and they die meat. We studied them for several of their life spans, which didn't take long. Do you have any idea what's the life span of meat?"
"Spare me. Okay, maybe they're only part meat. You know, like the weddilei. A meat head with an electron plasma brain inside."
"Nope. We thought of that, since they do have meat heads, like the weddilei. But I told you, we probed them. They're meat all the way through."
"No brain?"
"Oh, there's a brain all right. It's just that the brain is made out of meat! That's what I've been trying to tell you."
"So ... what does the thinking?"
"You're not understanding, are you? You're refusing to deal with what I'm telling you. The brain does the thinking. The meat."
"Thinking meat! You're asking me to believe in thinking meat!"
"Yes, thinking meat! Conscious meat! Loving meat. Dreaming meat. The meat is the whole deal! Are you beginning to get the picture or do I have to start all over?"
"Omigod. You're serious then. They're made out of meat."
"Thank you. Finally. Yes. They are indeed made out of meat. And they've been trying to get in touch with us for almost a hundred of their years."
"Omigod. So what does this meat have in mind?"
"First it wants to talk to us. Then I imagine it wants to explore the Universe, contact other sentiences, swap ideas and information. The usual."
"We're supposed to talk to meat."
"That's the idea. That's the message they're sending out by radio. 'Hello. Anyone out there. Anybody home.' That sort of thing."
"They actually do talk, then. They use words, ideas, concepts?"
"Oh, yes. Except they do it with meat."
"I thought you just told me they used radio."
"They do, but what do you think is on the radio? Meat sounds. You know how when you slap or flap meat, it makes a noise? They talk by flapping their meat at each other. They can even sing by squirting air through their meat."
"Omigod. Singing meat. This is altogether too much. So what do you advise?"
"Officially or unofficially?"
"Both."
"Officially, we are required to contact, welcome and log in any and all sentient races or multibeings in this quadrant of the Universe, without prejudice, fear or favor. Unofficially, I advise that we erase the records and forget the whole thing."
"I was hoping you would say that."
"It seems harsh, but there is a limit. Do we really want to make contact with meat?"
"I agree one hundred percent. What's there to say? 'Hello, meat. How's it going?' But will this work? How many planets are we dealing with here?"
"Just one. They can travel to other planets in special meat containers, but they can't live on them. And being meat, they can only travel through C space. Which limits them to the speed of light and makes the possibility of their ever making contact pretty slim. Infinitesimal, in fact."
"So we just pretend there's no one home in the Universe."
"That's it."
"Cruel. But you said it yourself, who wants to meet meat? And the ones who have been aboard our vessels, the ones you probed? You're sure they won't remember?"
"They'll be considered crackpots if they do. We went into their heads and smoothed out their meat so that we're just a dream to them."
"A dream to meat! How strangely appropriate, that we should be meat's dream."
"And we marked the entire sector unoccupied."
"Good. Agreed, officially and unofficially. Case closed. Any others? Anyone interesting on that side of the galaxy?"
"Yes, a rather shy but sweet hydrogen core cluster intelligence in a class nine star in G445 zone. Was in contact two galactic rotations ago, wants to be friendly again."
"They always come around."
"And why not? Imagine how unbearably, how unutterably cold the Universe would be if one were all alone ..."