jueves, abril 14, 2011

De amores no correspondidos

Don Jacinto Rock & Feller estaba perdidamente enamorado de una señorita que había visto bajar del tren en la última estación. Tan enamorado estaba, que cuando en ella pensaba su corazón se desbocaba y... y otras cosas. Por tanto enamoramiento, decidió que algo tenía que hacer al respecto: conocer más de ella, o hacerse conocer, o algo. Sobre todo algo, que siempre resulta más divertido.

Un sábado cualquiera, puso manos a la obra.
La obra era una escultura de barro que representaba a la Diosa de la Castidad, diosa que en todas sus representaciones conocidas está totalmente cubierta por un paño, excepto por los ojos y parte de las manos. En sus representaciones desconocidas no se sabe cómo se la representa.
Don Jacinto había completado la parte cubierta, y dejado para el final las manos, pero ese sábado finalmente completó la escultura. Le había tomado unas nueve semanas y media terminar su trabajo, lo que vendría a ser dos meses y diez días, más o menos. En realidad no son exactamente dos meses y diez días, porque un mes tiene entre veintiocho y treinta y un días; tampoco podrían haber sido nueve semanas y media, para ser más precisos podríamos decir que le tomó sesenta y tres días (nueve semanas) más tres días más doce horas, lo que da un total de sesenta y seis días y doce horas. También se lo puede expresar en horas si uno quiere, y en minutos y segundos, pero no lo haremos porque no viene al caso.
(Por si a alguno le interesa el dato, en horas serían aproximadamente 1596 horas (como curiosidad, en el año del señor 1596 nació Descartes y fue trasladada la capital de Polonia, sin que ambas cosas estuvieran relacionadas))

Una vez terminada la obra, salió a la calle para hacer algo al respecto.

El respecto estaba caminando tranquilamente por la avenida principal del pueblo, silbando viejas canciones de Sandro porque le gustaba Sandro. En realidad le gustaba como cantaba Sandro, no sus movimientos sensuales al cantar. Bueno, un poco sí le gustaba eso, pero le gustaba más como cantaba. Justamente hoy pensaba que Sandro era muy sensual en sus movimientos, y que a él también le gustaría ser tan sensual, pero como no le salía bien cantar ni moverse sensualmente sólo silbaba solo por las calles mientras pensaba en otras cosas, por ejemplo los movimientos sensuales de Ricky Martin. Pero silbaba canciones de Sandro, no de Ricky Martin.
Sintió que otra persona silbaba a sus espaldas, pero no reconoció la canción silbada, picado por la curiosidad se detuvo para esperar al silbador y preguntarle qué estaba silbando, no vaya a ser que fuera a descubrir otro cantante de movimientos sensuales por pura casualidad. Dejó de silbar, se detuvo, y esperó al silbador que a sus espaldas silbaba.
El silbador trasero, o mejor dicho el señor que venía silbando detrás de el respecto, era nada más y nada menos que Don Jacinto. Cuando el respecto intentó entablar una conversación para preguntarle acerca del silbido, de la canción, y de la sensualidad del cantautor asociado, Don Jacinto lo miró fijo, le guiñó un ojo, le pegó una patada en las pantorrillas, y salió corriendo.
Así, en menos de seis horas, Don Jacinto había puesto manos a la obra, y había hecho algo al respecto.
El respecto se encogió de hombros, porque no sé de qué otra cosa se puede uno encoger, y se fue por otro camino, mientras silbaba rosa rosa tan maravillosa como blanca diosa como flor hermosa.
La Diosa de la Castidad no era blanca precisamente, pero el respecto no lo sabía, además no era sobre ella la canción, porque es sabido que no es la única diosa existente.

Contento por sus logros matinales, Don Jacinto pensó que, visto y considerando que la suerte le sonreía ese día, quizá era un buen momento para intentar conocer a la señorita del tren, o para hacerse conocer por ella. Le dijo adiós a la suerte con otra sonrisa, y se dirigió a la última estación.
Cuando llegó a la estación recapituló hasta el capítulo primero, lo que viene a significar que viajó en el tiempo hasta el preciso momento en que la señorita vestida de verde bajaba del tren (el verde es un buen color, ya que al no ser blanco significa que la señorita no es adoradora de la Diosa de la Castidad). Al verla bajar decidió recapitular un par de veces más para no olvidarse de tan precioso momento. Recapituló y recapituló, hasta que se cansó de recapitular. Tampoco es cuestión de andar recapitulando todo el [unidad de tiempo] se dijo a sí mismo mientras se daba la razón.

Escondiendo su timidez en uno de los bolsillos traseros del pantalón, se acercó a la señorita dispuesto a preguntarle la hora como para iniciar conversación. Pero al llegar a su lado se confundió, y le preguntó si quería comprar un reloj a precio promocional y que ya le quedaban pocos que mejor se apure a comprar. La señorita lo miró con desdén, sonrió irónicamente, hizo una mueca de disgusto, y le sacó la lengua, todo al mismo tiempo; la parte complicada fue sonreír y sacar la lengua. Finalizada toda esta gesticulación, que se debía a un tic nervioso que padecía desde niña, le preguntó el precio del reloj y si se lo podía dar en cuotas.
Pero Don Jacinto se sentía estúpido por haber ofrecido vender un reloj en lugar de preguntarle la hora, recapituló un poco y volvió a acercarse, haciendo esta vez la pregunta correcta. La señorita le hizo una mueca de disgusto, sonrió irónicamente y lo miró con desdén, pero esta vez no sacó la lengua porque es complicado sacar la lengua mientras se sonríe. Sin contestar a la pregunta del esperanzado Don Jacinto, se marchó a paso militar hacia el andén número 2, seguramente para tomar algún otro tren, pero es sólo una conjetura.

Al borde de las lágrimas, Don Jacinto se sentó al borde de las vías, restregó el borde de su sobretodo que en este caso va todo junto, y notó que a partir de ese momento algo faltaba en su vida. Es que, sin darse cuenta, había olvidado sacar la timidez de su bolsillo, y al sentarse sobre ella la rompió en menos de mil pedazos. Aproximadamente unos cuarenta y seis pedazos en realidad, tampoco es que se iba a quedar sentado contando cuantos pedazos de timidez había donde antes sólo una existía. Por un momento pasó por su cabeza recapitular y hacerle otra pregunta a la señorita, pero como ya sin timidez se sentía otra persona, decidió que iría a por otras señoritas menos castas, probablemente vestidas de rojo, y trataría de poner sus manos en la obra de los padres de esas señoritas, que no es lo mismo que poner manos a la obra.

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