Un cupido rechoncho, exhibicionista y cazador, andaba caminando por esos caminos de dios (al ser ángel, era creyente), pensando en sus últimas acciones, y en la competencia desleal que la tal celestina representaba para su honrado trabajo. Enrredepente se encontró teletransportado, como si de una abducción marciana se tratara, hacia un mundo extraño, donde las vacas eran comidas, y los castores tenían dientes.
No salía en sí de su asombro (y si salía hubiera sido peor, ya que no sería el sí mismo, sino el otro), hasta que un genio de la lámpara le explicó que lo había traído con objeto de cumplir un deseo. Los genios de la lámpara no suelen ser muy explicativos, razón por la cual no hubo mayor explicación que esa, que tampoco era tanta. Cupido, deseoso de saber más, por esa ansia de conocimiento que caracteriza a todo cazador con arco y flecha que se pasea desnudo por el mundo, inquirió acerca del deseo que motivaba su presencia en este (para sus ojos) nuevo mundo. El genio, un poco fastidiado por tanta pregunta, acostumbrado más bien a deseos y exigencias, decidió cortar por lo sano y enviarlo directamente con el fastidioso dueño de la lámpara. Como en ese momento no contaba con alguna afilada espada, y nadie había deseado una últimamente, dejó de lado su pretensión de cortar, y cumplió la parte de enviarlo.
Así se presentó cupido ante un no tan apuesto joven, de cabellera dorada con extensiones, de aceitada musculatura, y de ojotas hawaianas, que no se sorprendió en lo más mínimo a verlo, y lo llamó moviendo varias veces el dedo índice hacia atrás y adelante, incluso una vez lo movió hacia el costado, todo sea dicho.
-¿Eres tú, alado y obeso ser, el tratante de blancas del que me ha hablado el inútil genio de la lámpara?
-Lo de alado se lo permito, pero lo de obeso creo que no está bien siendo que no hemos entrado en confianza, después de todo yo a usted no le he dicho nada de sus floreados calzones.
-¡oh! no os fijéis en cosas nimias, ni en las manchas de dicha prenda. Decidme pues, ¿os ha explicado el genio el motivo de vuestra presencia aquí?
-Ha dicho el impertinente y vaporoso genio que me ha traído, sin mi consentimiento para ser sinceros, con objeto de cumplir un deseo. No aclaró qué deseo, ni dijo mucho más.
-Ciertamente, ciertamente. Estáis aquí porque en estos momentos mi alma bulle de pasión, y mi cuerpo necesita un cierto goce que hace tiempo no se le proporciona, salvando la ayuda proporcionada por mis rebaños. El genio ha dicho que sois capaz de conseguir la mujer que se os pida, por un módico precio.
-Haberlo dicho antes, mi estimado. Por supuesto que así es, pero debéis saber que el precio no será tan módico... con la inflación que estamos viviendo, tengo hijos bastardos que alimentar y todo eso, la vida no es lo que era.
-Menudencias señor, no toquemos esos temas viles, sabed que aquí el dinero no importa, el genio me lo proporciona a discreción a riesgo de quedarse para siempre encerrado en su inhóspita caverna.
-Pues dirá usted, alegre y fornido semental, que tipo de mujer os indica el deseo necesitáis. Puedo proporcionarlas de diversas nacionalidades, colores, idiomas, edades e inteligencia. Inteligencia nula, como ya sabréis, no podéis esperar mucho de una mujer.
-No pido demasiado, al menos en esta primera negociación, pero me han hablado de las trancesas y sus exquisitos modos, así que me gustaría intentar algo simple. Una trancesa entonces me proporcionaréis, doncella y preferiblemente que no hable demasiado. Blanca, pero no lechosa. Que no sea muy exigente, y solícita a los pedidos de su amo, o sea yo. Además, debe saber abrir la puerta para ir a jugar.
Menos mal que no pedía mucho, se dijo cupido para sus adentros. Y esa tontería de abrir la puerta, vaya uno a saber qué significa, pero en fin, negocios son negocios y las flechas están por subir de precio, así es que mejor cierro trato ahora.
-Pronto la tendréis, tan pronto como pueda viajar a ese país llamado Trancia y capturar algún espécimen para vuesa merced.
-Apuraos mi buen amigo, que la necesidad tiene cara de hereje. ¡Venid mi ovejas, venid. Venid que soy el buen pastor!
continuará...
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