Don Pascual recorría cada mañana los cajones de su biblioteca, intentando redescubrir en alguno de sus antiguos libros una historia de amor, un recuerdo perdido, una valija o la receta del almuerzo.
Al encontrar a alguna de sus esposas perdidas entre los volúmenes de la literatura universal y de más allá, no podía evitar asombrarse y dar un respingo ya ensayado en otras oportunidades. El respingo era una de sus actividades predilectas, y era todo un experto en ello, una de las secuelas de sus ataques epilépticos infantiles.
La biblioteca de Don Pascual era bastante grande: veinticinco metros de largo, cuatro de alto, cuarenta centímetros de ancho y doscientos veinticinco años. Solía ser de trescientos diecinueve años, pero un lechero se había llevado el libro más antiguo junto con su penúltima esposa, lo cual fue un alivio. Que se llevara la esposa, no el libro.
Una mañana de octubre, más precisamente el quince de octubre de mil novecientos setenta y ocho, Don Pascual tuvo la brillante idea de recorrer por completo la biblioteca, e ir metiendo a sus esposas en el cajón de su escritorio personal. Pensaba que así podría respingarse a gusto cada vez que quisiera, y al pensarlo dio un respingo de gusto. Luego dio otro más, pero de puro vicio.
Comenzó buscando en la parte superior izquierda de la biblioteca, donde encontró a su esposa Ana, que era alegre, afable y acendosa pero un poco bruta. Luego su esposa Berenice, que era buena, bondadosa y bizca. Cecilia, tan cabizbaja como siempre, pero contenta de cambiar de cajón. Diana, dulce y dicharachera, que no quería dejar de decir diptongos. Herodota, fría como el hielo y errante como ella sola, pero también un poco bruta (aunque por herencia). Laura, que si bien estaba, luchó para llevarse unos libros con ella, y quería escaparse de subida.
Así con todas las demás, algunas dieron más problemas que otras, pero finalmente todas quedaron alojadas en el cajón de su escritorio.
Concluida la tarea, el veintidós de octubre de mil novecientos setenta y ocho, Don Pascual decidió poner a prueba su idea, y abrió el cajón, pero tanta fue la mala suerte que salió Marcela con martillo y machete, diciendo muchas cosas malas mientras le daba un mamporro y un martillazo en el dedo meñique de la mano izquierda.
Fue tal el susto de Don Pascual, que en lugar de un respingo dio un salto mortal de tres vueltas con caída perfecta, y los jueces le dieron un nueve, un ocho, otro nueve, y un siete.
Don Pascual aprendió la lección, dio examen, y sacó de su biblioteca el tomo primero de “Las aventuras de Don Pedro y como logró vencer a los dragones del abismo mientras calentaba agua para el mate y se rascaba la entrepierna”, libro que comenzó a leer con ávido interés compuesto.
2 comentarios:
Me recordó mucho a Borges...
un abrazo...
Que algo tan humilde como esto te haya recordado a Borges, ya justifica el escrito :)
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