"¿En qué cabeza cabe?" Bueno, depende de si es un sombrero o una idea, porque las ideas se adaptan mejor a las cabezas que los sombreros, aunque a veces no sean del todo comprendidas. Pero lo cierto es que un sombrero es más elegante que una idea, y en la mayoría de los casos atrae más miradas del sexo opuesto que una idea bien puesta. Es que las ideas no es que sean muy llamativas, estéticamente hablando, cuando se encuentran en una cabeza, excepto que sean ideas contradictorias y se pongan a discutir dentro de la cabeza que las contiene para llamar la atención, provocando la locura del dueño del foro que termina poniéndose pantalones rayados de esos que usan los pseudo-hippies (los "pippies"), que tiene su lado bueno porque termina atrayendo a su lado a otros pippies a los que no les importa de su locura. Difícil es, sin embargo, que tal pelea de ideas se produzca dentro de la cabeza misma de un pippie, de allí que los susodichos en lugar de ideas porten en su cabeza rastas o sombreros collas, aunque se han dado casos de portación de sombreros rastas y rastas collas, y pantalones a rayas.
Toda persona suele tener una cabeza que puede usar para ideas o para portar sombreros (o rastas), a elección, en algunos casos hasta se puede usar una idea a la vez que un sombrero, siempre y cuando el sombrero no sea abombado, ya que en ese caso la cabeza se quiere adaptar a lo que porta y también se abomba, sin que esto tenga que ver con lo revolucionario o lo hidráulico. Hay una conexión, sin embargo, entre el abombamiento y el sombrero colla, de la que cualquiera que haya estado por el altiplano puede dar fe; no se debe tal conexión al sombrero, sino a la altura. Curiosamente uno pensaría que debido a la altura las personas deberían tener ideas más elevadas, pero no, son ideas comunes y silvestres, de esas que se le ocurren a uno cuando está en plena rutina diaria: lavándose los dientes, hurgándose la nariz, comiendo un bife de gato montés.
La mayoría de las personas no usan sombrero, está estadísticamente comprobado mediante encuestas que se han realizado en la vía pública a los transeúntes que pasaban por ahí. Encuestas que son de fiar porque las personas que se dedicaron a encuestar no vestían pantalón pippy ni usaban rastas, sino que eran un ejemplo de buena presencia. Tan buena estaba la presencia que los encuestados solían exclamar “¡qué presencia mamita!” si el profesional a cargo de la encuesta era una persona del sexo femenino, si era una persona del sexo masculino no exclamaban eso.
Algunas personas se negaban a responder la encuesta por razones particulares, y se iban hacia destinos insospechados por el encuestador pero probablemente conocidos por ellos mismos (los no-encuestados quiero decir). Uno de los encuestadores decidió de motu propio perseguir a una de estas personas por un par de horas, para encontrarse perdido en un barrio lleno de gente con sombreros de todo tipo, altos y bajos, coloridos y tristes, de dama y de caballero y de uno que gritó “¡qué presencia papito!” cuando lo vio llegar al barrio. Lo más extraño es que todos los sombreros cabían perfectamente en las correspondientes cabezas de sus correspondientes portadores, que no suele ser el caso, creando un ambiente súper elegante vistes, lleno de vida y de sombreros. Ideas no sabemos si había porque es más difícil detectar una idea que un sombrero, pero eso no era especialmente relevante para el encuestador explorador. Lo que a él le llamaba (poderosamente) la atención era que este caso particular, en esta zona de la ciudad, podría modificar leve o completamente la estadística general del uso de sombrero, y no terminaba de decidir si eso era conveniente o no, ya se sabe lo que pasa cuando todos los que pertenecen a un colectivo usan sombrero. Verdaderamente, el hecho de que todos usaran sombrero no cabía en su cabeza, que en ese momento carecía de ideas y de sombrero, de lo que se deduce que no son ideas y sombreros las únicas construcciones mentamateriales que pueden caber en una cabeza.
Hay un tiempo y un espacio para cada cosa, se dijo a sí mismo mientras vestía su cabeza y se sumaba a la multitud que circulaba y circulaba. Luego se quitó los pantalones y se encaminó hacia algún destino sospechado pero incierto, mientras detrás seguía escuchando la voz que decía: “¡que presencia papito!”, a la que intentaba no prestarle atención, pero que le hacía acelerar sus pasos en dirección contraria. Porque una persona sin pantalones y con sombrero carece de buena presencia, eso él lo sabía bien, lo contrario ¿en qué cabeza cabe?
Un señor con sombrero pasea y en su paseo una idea a su cabeza viene y se quita el sombrero para por ella ser pensado pero la idea esquiva se va y viene y sus pasos sin destino son tardíos y su estrella no aparece ya es de día y otra idea y miles y sin embargo nada ayuda a soportar este vacío desesperanza tragedia que la vida es y sigue siendo a pesar de sombreros rastas destinos.
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