lunes, junio 27, 2011

Elogio del Ermitaño

Y es que a uno lo obligan a irse a la ermita, con palabras, hechos y puntapiés dialécticos y de los otros. Los días de invierno que vienen tan fríos son la ocasión ideal para buscarse una ermita calentita, cerrada, bonita, ajena al mundo pero en él.
Ermita propia, no heredada, aunque tampoco propia porque la propiedad es un robo y andar robando ermitas no ayuda a alcanzar la paz interior ni tampoco la exterior. Un ermitaño que se precie cuenta con una buena colección de piedras con las cual defender su ermita sweet ermita de las probables invasiones bárbaras.

Es que se pone difícil, y tanto. Uno cree una cosa y resulta que no es cierta, y luego cree otra y tampoco, al final no hay que andar creyendo dice uno, pero eso también es una creencia o algo así. Que si hay dios o no, que si la revolución pacífica o armada, que si el aborto o la mariguana, que si liberalismo o anarquismo, que sí que no qué demonios sé yo.

Porque de niño fui católico, de esos de los buenos que rezan y todo. Tan pero tan bueno que sin que nadie me lo pidiera me iba a dedicarle rosarios a don jesús y su madre (que era una santa). A su padre también, pero como eran uno o algo por el estilo en realidad era a su hijo que era él mismo, cosa que nunca me quedó muy clara hasta que lo solucioné dejando de creer en la santísima trinidad.

Trinidad no estaba muy buena, seamos honestos, pero lo que tenía de fea lo tenía de compasiva, tanto que se fijó en mí sin asquearse de mis enormes orejas y vacíos bolsillos. Nunca pude invitarla a nada, pero ella tampoco me invitaba entonces estábamos a mano. Mano era lo que nos metíamos, hasta que nos descubrió el cura en el cine del pueblo (que estaba al lado de la parroquia principal) y poco menos me excomulga, y qué va a ser de ti que eras tan buen niño y rezabas tanto vete y no peques más o al menos peca en otra parte que este lugar si bien no es santo está muy cerca del que lo es.
Lo de Trinidad tampoco duró mucho, culpa de su espíritu que no era tan santo y andaba de cine en cine y de rincón en rincón con otros doce apóstoles que al final resultaron ser. Lo que más me dolió fue la tremenda trompada que uno de ellos me regaló por llamarlo cornudo, pero la verdad me liberó desde ese momento, creo. Al final hoy día anda la pobre Trinidad fregando pisos para mantener a su joya, que sólo se mueve para ir a cobrar el plancito o para cortar alguna calle y/o avenida.

Sin embargo, no dejé de ir a misa, y hasta fui monaguillo por obra y gracia del señor cura que seguía escuchando mis delirantes deseos de hacerme cura algún día con la esperanza de escapar del cruel destino de la mediocridad. Menos mal que no era el mismo cura que nos descubrió en el cine a la Trinidad y a mí cuando nos descubríamos hasta las almas mutuamente, que ese por suerte se cambió de pueblo. Digo por suerte porque cuando le descubrieron el romance con una de sus feligresas el marido de la susodicha casi lo mata, y tuvo que intervenir la curia alta, que vendría a ser el obispo que en su juventud había jugado al básquet en un club de barrio que era chiquitito pero poderoso, como el lavarropas. El club digo, no el obispo, el obispo era poderoso pero chiquitito no era.
Haber dejado la ciudad a tiempo, aunque no al mismo tiempo que el cura que honraba al señor y a la señora esa, me salvó de terminar en el seminario, cosa que debo agradecerle a tantas malas compañías que me llevaron por el camino de satán, pero no muy lejos que es como me hubiera gustado. Tanto como gustar gustar no, pero es más bien un deseo de pecado, creo que es culpa de adán que se dejó tentar por la turra de eva y el higo del árbol del conocimiento.

Hasta donde sé a los siete pecados capitales los he cumplido a todos, aunque parece que la idea no es cumplirlos sino evitarlos, haber avisado antes digo yo, que con tantas creencias raras por el mundo uno no sabe a qué atenerse. Un poco más de lujuria estaría bien estos días fríos de invierno, a falta de calefactor, pero como la lujuria es más o menos una cosa de a dos (o de a tres si hay más suerte) apañados vamos. Lujuria lo que se dice lujuria poca y nada si tenemos que ser sinceros, lo mismo con la ira, pero la gula ¡ay mamá! la gula sí que se me ha ido de las manos, hay días en que como hasta tres veces, con eso te digo todo. Todo lo que se dice todo.

Pero otra vez me he ido por las ramas, como buen primate que es uno. Estábamos hablando de la ermita y de la conveniencia de irse a vivir a una para evitar tanto desatino que hay en el mundo (propio y ajeno), y encontrarse a uno mismo luego de haberse perdido. Aunque volviendo con el tema de la lujuria y de la Trinidad lo que me gustaría es encontrarme a una perdida antes que encontrarme por haberme perdido, pero lo primero es lo primero y lo segundo es lo segundo.

La ermita no debe de ser muy lujosa, porque ya no sería ermita sino castillo o habitación del amerian. Basta con un hueco excavado en la roca, por acción natural del viento y/o del agua y/o del tiempo, con un piso relativamente plano y no demasiado oscuro. Un lugar para encontrar la paz que se pierde al relacionarse con los demás. Un lugar de silencio externo para poder hacer el silencio interno. Un lugar para encontrar otro lugar, el lugar del refugio. Pero lo que buscas lo deberías encontrar sin necesidad de recurrir a una ermita decía mi maestro, lo que mi maestro no entendía es que algunos preferimos encontrarlo en un lugar llamado ermita y no en la convención de ollas essen que se hace en el domo del centenario.

Esa ermita no es sólo un lugar físico en las montañas o cerca de la roca, es también el lugar de refugio que cada uno construye para silenciar el ruido del mundo, pero tampoco eso significa que sea un lugar silencioso, sino que es o debe ser un lugar sin ruido. Y ruido son las conversaciones interminables sin un propósito, las discusiones sin sentido para convencer/ser convencidos, el parloteo de todos los días, todo aquello que al terminar no nos deja mejores, más felices, más sabios y más tranquilos. Una ermita también es nuestro corazón cuando comenzamos a cerrarlo a ciertos aspectos de lo que fue nuestra vida o nuestra persona, cuando vamos en pos de algo más, que decidimos creer es mejor que lo que ya tenemos/somos. Una ermita, también, es la vida que vivimos cuando decidimos ser menos tolerantes con aquello que nos pone mal, y más selectivos con aquello que decidimos dejar entrar en ella, sean experiencias, lecturas, personas.
Porque al final un puño no es un puño, sino una mano abierta que por alguna razón se ha cerrado, temporalmente.

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