Esta semana he leído:
"...—Flavio Lugo no fue el nombre con que nací, desde luego. Ese es sólo mi nombre más reciente. He perdido la cuenta de los que tuve. El primero fue..., no importa. Un nombre fenicio. Era un mercader hasta que los años me causaron los mismos problemas que tú tienes hoy. Durante mucho tiempo fui marino, guardia de caravanas, mercenario, bardo errante, todos los oficios en que un hombre puede ir y venir inadvertido. Tuve que asistir a una dura escuela. A menudo estuvieron a punto de matarme las heridas, los naufragios, el hambre, la sed, muchos peligros. A veces habría muerto, de no ser por el extraño vigor de este cuerpo. Un peligro más lento, más temible cuando empecé a notarlo, era el desquiciarme, de perder el juicio entre los recuerdos. Por un tiempo estuve fuera de mis cabales. En cierto modo fue piadoso; amortiguó el dolor de perder a todas las personas que llegaba a amar; perderlo a él, perderla a ella, perder a los niños... Poco a poco elaboré el arte de la memoria. Ahora tengo capacidad de recordar; soy como una biblioteca de Alejandría ambulante..."
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